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Mil caras de la misma moneda

Actualizado: 15 mar

El Parque Nacional más austral del mundo


Son las 07:50 de la mañana y el sol parece ser un mito de otra época. Estamos a mediados de abril y los días empiezan a pisarse los talones. Hay cierta magia en la polaridad (extremista) de Ushuaia que atrapa y que es muy difícil de explicar. Lo excepcional de vibrar horas y horas de luz en verano, y el azote paulatino del invierno. De repente el otoño parece ser un anuncio de lo que vendrá. La previa del ensueño blanco.


Divago en la idea, mientras espero embarcarme en una nueva aventura. En el clásico de los clásicos y parada obligatoria de los que pisan el fin del mundo. No es la primera vez que visito esas tierras que buscan ser preservadas, pero siento que cada oportunidad es distinta a la otra. Como si el sitio de interés fuese el mismo, aunque paralelamente mute. Quizá esa sea una de las ventajas de (intentar) vivir con ojos de turista.


El micro se balancea y el recuadro de la ventana es imponente. Las montañas ocupan la vista y parece que están cubiertas de azúcar impalpable. De esa que, a una mínima llovizna, se limpia, pero que le sigue otorgando un aspecto grisáceo reflexivo. La voz en off del guía ahora hace eco, como si todos estuviésemos sintonizando el mismo programa de radio. Me gusta pensar que, de repente, estamos conectados en algo, a pesar de nuestra disparidad.

Vamos pasando por distintos barrios de la ciudad para completar el equipo de ese día. Así, casi inconscientemente, se genera un mini city tour y, de antemano, se empieza a estimular la curiosidad de los andantes. Bosques internos, costa, arquitectura local, zonas preponderantes y el fenómeno de la migración de aves (típico de esta época). Los tópicos son varios hasta llegar, a unos pocos kilómetros, a la estación del trencito austral.


Este hito turístico de Ushuaia, se reinauguró el 11 de octubre de 1994 con el objetivo de recrear el tren de los presos con verdaderas locomotoras a vapor, brindando a los pasajeros, la oportunidad de vivir una experiencia única: preservar la memoria. Manteniendo parte del antiguo recorrido que realizaban los presos, el cual partía desde el presidio hacia la ladera del Monte Susana.


Una vez dentro de cada vagón, el frio comienza a colarse entre los huesos, y la simple idea de imaginarse otros tiempos remotos, sin abrigo y con un clima más hostil, impulsa un escalofrío casi incontrolable. Volver sobre los pasos, tratando de dimensionar, resulta importante e igual de profundo. Ahora la historia fluye por los auriculares que te dan al ingresar, mientras invade el silbido inminente de la locomotora.


El camino, de a momentos zigzagueante, cruza el Río Pipo, se detiene en la cascada Macarena y culmina en el cementerio de árboles e inconfundible bosque de lengas. La burbuja explota y se escucha el barullo de la gente. Levantamos la mirada, en la Estación de Parque Nacional, buscando el amparo del guía, que agita la mano y nos reagrupa para dar marcha al desenlace de esa historia.


Quizá sea el misticismo de lo último, del límite, de encontrar el punto más lejano de nuestra existencia, lo que nos lleva a inflar el pecho cuando estamos en un lugar tan significativo como “el último kilometro” de la ruta panamericana o cuando pisamos el correo postal más austral del mundo.


De repente somos insignificantes, pero gigantes cuando estamos frente a una panorámica que abraza e invade. Nos volvemos un cliché mental que rumea la idea de “no somos nada”, pero somos un montón para dar testimonio de lo magnético que puede ser lo natural. Toda esa tierra, que no es nuestra pero nos cobija.


Ir al Parque Nacional nos inculca que llegar tan lejos es un privilegio, y un gusto que vale la pena darse, cuando lo único que arrastramos es el anhelo de seguir alucinándonos, como niños ante las famosas primeras veces.

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