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El alba de la locura, los primeros pasos

Actualizado: 14 mar

La auto exigencia es un cóctel que ya no me cae tan pesado. Entendí con los años que la estructuración de lo correcto es una idea bastante falopa de utopía, pero no la que impulsa al movimiento, sino la otra, la más nociva, que te lleva a procrastinar todo. Cuanto más me exigía ser algo, más supe patearlo, hasta que se volvió un rollo desértico de excusas. Me cansé de tachar los días y vivir de teorías (aunque admito que fueron las que me abrieron la cabeza y las mismas que me abrazaron a un loop intermitente).


Un día decidí patear el tablero y, por salud mental, cambié todo: rompí mi círculo, desterré mis rutinas, el trabajo y las certezas. Me mudé al extremo sur del país, al último kilómetro de la ruta panamericana y, pasé de la locura de la gran ciudad, a la pasividad de la vida cayendo a cuenta gotas. Sin escala.


Era joven, decían, y estaba en la edad justa para “hacer locuras”, total, después había tiempo para remendar los rayes de la euforia. Cuando tenes veinte y moneditas la sociedad te perdona a plazo fijo, esperando que el día de mañana sepas enderezarte. La verdad es que todavía no pagué la deuda y ando más torcida que en esa época.

Arrepentimientos, ningunos.


Que cambié, es innegable. De repente el cascaron y las épocas milimétricas de estudio se convirtieron en una burbuja muy fácil de explotar. Lo que había afuera era muy distinto e impredecible, pero no por eso ruin. Me amigué paulatinamente con la idea de avanzar, primero por caminos incomodos, trabajos que nada tenían que ver conmigo y personas con preocupaciones banales. Me bajé del podio de “erudita” (sin considerarme nunca como tal) y congenié con lo sencillo.


En mi primera entrevista de trabajo tacharon toda la formación y experiencia “porque no servía” para el puesto, pero igual me iban a tener en consideración. Me resultó tragicómico pensar que tanto camino y esfuerzo, en otro contexto, era nulo e innecesario. Fue un balde de agua fría, pero también un aprendizaje: nadie es tan rotundo y definido, si lo cambian de hábitat. La circunstancia también te transforma y salir al mundo era aceptar eso, que uno está en permanente adaptación. No importa lo aferrado que estés a tus creencias, títulos y valores, muchas veces es simplemente estar en el momento indicado (o saber atravesar los inoportunos).


Me preguntaron más de una vez que hacia una persona recibida a mil desniveles de “dignidad”, mi respuesta siempre era la misma, concisa y quizá un poco titubeante “salí a vivir”, como si me hubiese tomado una licencia o año sabático de quien era y de todas mis creencias. La realidad es que en un primer momento salí a jugar a ser otra, más volátil ante los ojos de los demás. Lo único que no sabía era que jamás, literalmente, iba a volver a ser la misma.


Así me adapté, me escandalicé, construí mi primer espacio, compré mis primeros muebles, me vinculé con gente dispar, pero de forma sincera, dije que sí cuando debería haber dicho que no, ahorré, malgasté y disfruté. En pocos años había vivido con más consciencia que en otros más largos. Y aunque algunos procesos los hice más extensos de lo que tendrían que haber durado, también tuvieron su razón.


Cuando salí de mi frontera me di cuenta que nada de lo que me acontecía era planificado. Y, a pesar que al principio estaba más pasmada que entusiasmada, aprendí a vivir con esa gracia dinámica. Absorber las altas, gritar en las bajas. Ir con la ola, en la cresta y en lo más hondo. Alcanzando los primeros destellos de un viaje que recién estaba (sin lugar a duda) empezando.

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