Clásico de los clásicos en Ushuaia: Lago Escondido y Fagnano
- Belen Palermo
- 21 oct 2023
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 15 mar
No hay un viaje igual a otro, ni experiencia que pueda ser contada de la misma manera. Pero es en esa amplitud donde se puede encontrar un factor común: el disfrute de lo nuevo. Un lugar físico, mental y anímico desbloqueado. Que nos hace pasar de ser extranjeros a parte del paisaje, conectar con otras raíces y creencias. Porque una postal patagónica puede ser sólo un lienzo estático, si no hay una voz capaz de hacernos ver más allá.
Introducirse en la travesía de Lagos fue un quiebre de ese monólogo de pasos, con principio y final predecible. La ruptura de los datos duros y la invitación a un relato con saltos temporales, un cuento paulatino y la forma de convertir un viaje grupal en algo memorable. La narración del guía a cargo de la excursión, se abrió paso al compás del motor y logró que los oídos se unificaran en una misma sintonía.
Nos fuimos alejando de la ciudad y, aunque el sol parecía ser protagonista, el microclima de la Ruta 3 nos transportó a un túnel austral, impredecible e inigualable. Alterándose no sólo en el descenso de temperatura, sino en el impacto de todo lo que estábamos viendo. Lo azulado transmuto a una paleta de ocre, dejos naranja, amarillo, rojo y algún que otro tinte verde que despedía temporada.
El otoño se hacía notar y nosotros éramos protagonistas de ese encanto a medida que nos íbamos enterando de la historia que hace y constituye a Ushuaia; desde sus orígenes, caminos, pobladores y particularidades (remotas o paisajísticas).
Las miradas estaban siempre alerta y la escucha, en cada detalle. Los interrogantes y el asombro eran continuos. Cada pregunta contaba con una respuesta, una especulación y ramificación de tema. El relato estaba en la cresta de la ola porque “Tierra del fuego mueve la imaginación de la gente por si misma”. Y un viaje que parecía ser uno más, se colaba lentamente en la memoria de todos. Como anécdota, como momento aprendido.
Así seguimos nuestra ruta, entra curva y curva, hasta llegar al centro invernal las cotorras. Un espacio acogedor, pintoresco, que nos deleitó con su especialidad “café el mono”. Un mix de sabores poderoso, de esos que se necesitan para repuntar los días otoñales en el fin del mundo.
Unos kilómetros más y arribamos al complejo turístico Haruwen, en el cual se encuentra la destilería “Moto café”, atendida por su dueño, ameno como el local. Una muestra de gin y la gran oportunidad de conocer su filosofía de recibir y poner en valor las historias de tantos viajeros que nos visitan desde diferentes partes del mundo.
Ya estábamos a mitad de travesía y la energía no cesó, sabíamos que había mucho más por ver y deleitarnos. Y entra tantas idas y vueltas, notamos que una nube espesa empezó a asechar nuestra próxima panorámica en el Mirador Garibaldi. Y el lago escondido hizo honor a su nombre, dejándose entrever de a momentos como un espejo natural. El guía estaba convencido que nos iba a dar revancha a la vuelta, y así fue. Quizá sea cierto eso que dicen que el lugar se adueña de nosotros hasta el punto de conocerlo como la palma de la mano.
En las afueras de estancia La Carmen profundizamos la problemática de los castores y su impacto en el ambiente. Con silencios, momentos reflexivos y hasta planteándose alternativas que podrían ser viables. A esa altura ya no estaba el concepto de turista, sino de personas siendo parte de este micro mundo austral. En el recinto cada quien tomó su propio rumbo de desconexión, algunos iban por algo calentito, conociendo a los dueños, descendientes de primeros pobladores. Otros optaban por caminar a través de las pasarelas de madera, sentarse a contemplar el lago Fagnano y sacar fotos a más no poder. El famoso “descubre tu propia aventura” se estaba cumpliendo y eso era algo gratificante.
La hora ya marcaba rugidos y el picor del mediodía, así que cumplida nuestra última posta, retomamos al centro invernal para extasiarnos con cordero libre y un sinfín de opciones, aptas para todo paladar. El encuadre era perfecto, la distención ya estaba ahí y el comedor del restaurante se convirtió en la casa de cada uno. El calorcito del fogón invadió y todo se acomodó para que el almuerzo fuese, literalmente, la frutilla del postre.
Excursión a Lago Fagnano y escondido representó un poco la esencia de Ushuaia: cosas impredecibles que te desvían del camino, para conectarte desde otra perspectiva. Porque la gracia siempre estuvo en resignificar todo lo que aprendíamos, en cada palabra y cada paisaje. Eventualmente, con cambios, pero que nos llevaron a potenciar el plan. Superando, sin duda, las expectativas.
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